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‘Presidenta’: el dilema entre platonismo y relativismo sofista en el uso del idioma


Se atribuye a la entrada de la Academia platónica la inscripción: «No entre aquí nadie que no sepa geometría».

Completada con notas de Pascal sobre l’esprit de finesse, la inscripción no estaría nada mal tampoco como forma de empezar este artículo.

Vaya por delante que todos los lectores son en principio bienvenidos aquí, incluso los que tengan su espíritu geométrico y el de la sutileza más deteriorados, pero en la concepción del artículo se ha tenido en cuenta, sobre todo, a los estudiantes de español como lengua extranjera.

Entre los intereses más comunes de toda persona que, como estos estudiantes, quiere aprender un idioma, está el de «sonar nativo».

Son también habituales, pertinentes y normalmente acertadas las aclaraciones de los profesores cuando ese punto se pone encima de la mesa.

Pero muy rara vez se destaca el hecho de que usar el idioma —por un lado— tal y como lo haría en el momento presente y en determinado lugar un hablante promedio que lo tiene como lengua materna, y —por otro lado— usar bien un idioma (de la mejor manera posible), son dos eventualidades que no coinciden siempre ni necesariamente.

Coinciden, por ejemplo, tomadas desde una concepción relativista según la cual una advocación como «¡Que gane el mejor!» sería, en el fondo, innecesaria y tautológica. A sus ojos, el mejor es siempre y necesariamente el que gana. El mejor, el más fuerte, el que ha tenido más éxito, el que ha sobrevivido, el que gana son, para estas teorías, nociones idénticas e intercambiables.

Si tu aspiración como hablante de lengua castellana está alineada con el enfoque descrito, bastará con que te limites a seguir las directrices arbitrarias que, en función de criterios al margen del bien, la verdad y la belleza, van estipulando de modo cambiante —y a menudo, espurio y/o equivocado y/o feo— la forma en la que debe emplearse nuestro idioma.

Si tus aspiraciones son otras, entonces debemos recordar de nuevo que el buen uso (objetivamente normal) puede resultar incompatible con el uso estadísticamente normal de muchos hablantes nativos actuales.

En el castellano objetivamente normal, álgido es una palabra emparentada con otras como gélido y tiene unas connotaciones semánticas opuestas a las que se manejan en el uso normal estadístico, cuyos partícipes se refieren al punto o momento «álgido» como sinónimo de clímax, culmen o punto culminante.

A decir verdad, aunque no faltan casos de ese tipo que pueden llegar a resultar gravemente problemáticos, lo normal es que el problema no llegue al extremo de ser un obstáculo comunicativo. Lo normal es que —los necios— te tomen por necio precisamente a ti. Por necio, por imbécil o por analfabeto —en definitiva: lo normal es que a ojos del más necio entre los hablantes nativo-actuales acabes haciendo el ridículo pero él aún entienda lo que quieres decir.

(Véase: Towards the thesis that the only thing safe from ridicule is evil.)

Una vez aclarado lo anterior, podemos pasar ya al ejemplo que aparece en el título, seguido de otro ejemplo del mismo estilo (como una luxación inversa).

— No se debe decir presidenta, pues para un oído que no haya perdido su familiaridad con la lengua castellana y el sentido de lo que es natural y admisible en este idioma, decir presidenta (en lugar de presidente) sería como decir convenienta (en lugar de conveniente).

— Del mismo modo (y por poner un ejemplo en el que el término neutro se disloca, esta vez, hacia el género masculino), no se debe decir modisto, pues para un oído que no haya perdido su familiaridad con la lengua castellana y el sentido de lo que es natural y admisible en este idioma, decir modisto (en lugar de modista) sería como decir analisto o dentisto (en lugar de analista y dentista).